Tamayo: s/t, 1931. |
En los años 30 coincidieron además con Horacio Bonachea, según la investigadora Damaris González, el pintor Galileo Antúnez y el creyonista Gregorio Linares, del que se conservan sendos retratos del Apóstol, inspirado en el de Esteban Valderrama, y del malogrado independentista Ramón Leocadio Bonachea, si bien su estado de conservación se vio afectado por las condiciones del local de la Asociación de Hijos y Nietos de Veteranos de la Independencia, en los bajos del antiguo Ayuntamiento, que fue sometido a un proceso de restauración. La Logia Rafael María Merchán guarda en lugar destacado la efigie de ese ilustre literato y laborante por la libertad de Cuba, también de la mano de Linares, del que se conoce que se auxiliaba de un pantógrafo de dibujo para algunos de sus trabajos.(57)
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Horacio Bonachea: s/t, 1932. |
En aquel decenio la historia del caricaturista Emiliano Ponciano, nacido en el Guacanayabo durante la Primera Guerra Mundial, cobró tintes de leyenda que lo llevaron a figurar en el panorama de la música popular cubana con títulos grabados por el Trío Matamoros y otras agrupaciones. Su origen humilde y empeño infantil habían impulsado al poderoso industrial Manuel Arca Campos a costear su educación en el colegio Santo Tomás, donde recibió lecciones de dibujo. Pero se fugó a Bayamo y de ahí a La Habana en un periplo novelesco. En los muelles vivía de "su arte" y, según sus propias palabras en una entrevista para la revista Carteles, Arca volvió a ayudarle, esta vez hasta sufragó su ingreso a San Alejandro. Mas cautivado por el espíritu bohemio y su apego a la guitarra abandonó la academia para dedicarse a componer.(58)
El aparato estatal constreñía sus escasas iniciativas a las imperiosas necesidades del gasto público y dejaba en manos de la sociedad civil, al arbitrio de potentados, intelectuales y círculos obreros, cualquier tipo de agrupación, actividades y mecenazgos, los que no fueron escasos, aunque sí efímeros en la medida de los recursos económicos disponibles para sus objetivos. Si por un lado, en el decenio de 1920, la Colonia Española del Guacanayabo acordó contribuir a la labor de la Asociación Artística de Oriente, con el interés de propiciar exposiciones de pintura y escultura; de otro se constituyó la Asociación Juventud Obrera, a fines de la década, cuyos actos culturales fueron frustrados por las autoridades en varias oportunidades durante el período de provisionalismo y represión del machadato y los fugaces gobiernos posteriores a la huída del tirano hasta el ascenso de Federico Laredo Brú.
Notas
(57) Testimonio de Manuel López Oliva.
(58) Ver. Tirado Avilés: Op. Cit., Tomo 1, pp. 87-89 y Radamés Giro: Diccionario Enciclopédico de la Música en Cuba, Tomo 3, p. 246.
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